LA SALSA COMO CONSTRUCCION DE IDENTIDAD Y CIUDADANIA CULTURAL

(Ponencia Coloquio de Música Afrocaribe)

En la era de la globalización hablar de la música como vehículo de construcción de identidad y de ciudadanía no solamente es un reto para explicarnos el papel que las grandes migraciones han desempeñado para configurar elementos identitarios no solamente de las naciones satélites sino también de las metrópolis.

Por siglos, y los siglos XX y XXI no se salvan, las migraciones culturales representan cambios sustanciales de las identidades culturales y sociales de las naciones expulsoras y receptoras. Sea cualquier causa que lleva a millones de personas cambiar de hábitat y de nación –ya sea por voluntad, ya por la violencia o la necesidad de bienestar- lleva en sus mochilas la acumulación de sus costumbres, tradiciones, sueños y, por supuesto, música, más música. Música que retorna a su país de origen más rica y mejor concebida como discurso universal.

¿Qué le puede pasar a un corroncho, guajiro o jíbaro en Nueva York? Necesariamente enfrentaría una crisis de identidad lejos del campo y de los seres que le vieron crecer en el pueblo o en la vereda. ¿La causa? Seguramente la nostalgia de no encontrarse en su propio terruño para expresarse como realmente es. ¿Cómo se explica que hayan sido los hijos de emigrantes de la Cuenca del Caribe los que se hayan inventado géneros musicales como la salsa o el reggaetón produciendo grandes transformaciones en el modo de ser de la juventud no solo de sus países de origen sino también de la gran metrópolis?

Escuchar “el negrito bonito” en la interpretación de dos monstruos de la música cubana, Silvio Rodríguez y Pablo Milanés, expresa el fenómeno de la migración cultural y de la nostalgia que determinan otros comportamientos y otras formas de ver el mismo problema: la existencia del ser humano y de su entorno social, político o cultural.

Como el licenciado Juan Jorge Álvarez, de la Fundación Areito, me pidió referirme al tema “La salsa que nos une”, obviaré el fenómeno del rap, el hip-hop y el reggaeton.

Quiero hacer esta aclaración. Expreso mi desacuerdo de hablar de “música afrocaribe” para referirnos a la salsa. No es que no sea “afrocaribe”. Lo es, pero la salsa tiene una identidad propia que hace impropio el uso de ese vocablo compuesto, el cual es etéreo y abstracto. ¿Qué género musical nacido en el Caribe no ha tenido la influencia negra de origen africano? Es como el caso de Cuba que, según el investigador Fernando Ortiz, existen dos cosas de porte universal que tienen el sello cubano: el tabaco y su música. Estas dos manifestaciones cubanísimas son el producto de la mezcla de tres culturas: la europea, la africana y la indígena.

Para Ortiz “las músicas negras llegaron a Cuba con las blancas y con éstas se maridaron; y ambas son las únicas que por su estrecho abrazo han codeterminado las diversas características de la música nacional de Cuba. Europa y Africa han proporcionado los materiales con que ha sido moldeada la música de Cuba.” (Encarta ® 2005 Microsoft Corporation.)

Lo mismo como hablar de nuestra cumbia o champeta. Nada de esto es producto de los blancos, ni tampoco exclusivo de los negros o de los indios colombianos. Es el resultado de un proceso de transformación y de mezcla cultural que ha llevado a plantear la construcción de otra identidad musical distinta a la africana, a la europea y a los indios. Como en la religión, la música es un vehículo de sincretización de las culturas. Es decir, no existe otra manifestación artística que exprese la fusión de las tres culturas que la música del Caribe. Es la razón por lo cual debemos llamarla sincretismo musical. Que en algunos géneros prime una u otra cultura, es distinto. En este caso, los investigadores etnomusicales para distinguirla, hablan de fuerte raíces negras, indígenas o europeas.

Pero decir afrocaribe no tiene sentido de pertenencia y de identidad. La música caribe es del Caribe y es universal porque ha sido aceptada en Nueva York, la Conchinina, en Japón y hasta en la China, así como ha sucedido con la música colombiana, cubana, dominicana, puertorriqueña o jamaiquina.

Aclarado ese concepto de sincretismo musical que nos impide hablar de afrocaribe, concepto que merece una mayor y mejor sustentación teórica, entro a señalar la tesis central de mi ponencia.

La salsa no solo nos ha unido a los hombres y mujeres del Caribe, también ha contribuido a proponer la construcción de una ciudadanía de los hispanos en Estados Unidos, hecho que tomó mayor fuerza en las grandes marchas de los latinos que estremecieron las principales ciudades del Tío Sam en mayo de 2006. ¿Acaso los mensajes de Willi Colón, de Ruben Blades, del Gran Combo, de Daniel Santos, de Palmieri, y de muchos compositores, interpretes y músicos de salsa no contribuyeron a crear identidad cultural? Desde luego que sí, porque la identidad cultural es la condición fundamental para crear ciudadanía. La salsa no solo es sabor, swing, bembé, también es identidad de los emigrantes que se ampliaron desde el Sur del Bronx en Nueva Yor, y de los que seguimos en el Caribe. Con la salsa manifestamos un modo de ser, una cocina, unos hábitos, en fin, la salsa es parte de la construcción de una ciudadanía cultural que está por venir.

Así como los géneros musicales de gran acento afro precedieron a los movimientos por los derechos civiles y políticos de los negros y de las negras, de la misma manera la salsa –como precursora de la identidad cultural de los latinos-, precedió a las grandes movilizaciones de los hispanos. Y han sido los hijos de los emigrantes latinos –y en especial del Caribe- los que han enriquecido la cultura norteamericana al final del siglo XX y comienzo del siglo XXI. Es el mismo fenómeno que sucedió cuando el negro africano fue traído a estas tierras. El negro no solamente aportó a la cultura de la América nativa sino que en ese proceso de transformación también recibe el aporte de sus esclavizadores, y de sus vicios. Esto explica el porqué el negro norteamericano reproducía su comportamiento de esclavo de generación en generación hasta la lucha libertaria de los que pudieron hacer realidad el sueño de Martin Luter King. Lo mismo que digo sobre el negro cartagenero, pero con el agravante que aquí no hemos asumido un verdadero proceso libertario. De hecho, la liberación del negro solo fue posible en los Estados Unidos cuando lograron ser reconocidos como hacedores de música, y luego como ciudadanos.

Es cierto, la salsa nos ha unido, pero también nos ha puesto a pelear entre hermanos. ¿Recuerdan aquellas canciones que nos hablaban que el son se fue de Cuba? Pero fue más el poder de la salsa que las intenciones de aquellos manipuladores que se aferraron al poder del mercado. ¿Un cubano-norteamericano se podría sentir identificado con un cubano por medio de la salsa? Por supuesto que sí. Porque la música y la canción sirve para construir identidad o destruirla. Es solo un vehículo cultural.

Con la modernidad vino la construcción de la ciudadanía con sus derechos y deberes, y la pertenencia a una nación o a una sociedad unida por intereses comunes. Ya los ciudadanos no eran individuos vasallos, sometidos aun emperador, rey o autócrata, sino ciudadanos con derechos humanos. Y siguiendo a T.H.Marshal, existen tres fases distintivas de la ciudadanía desde la modernidad: la ciudadanía civil, la ciudadanía política y la ciudadanía social. Las dos primeras se diferencian de la tercera, es decir, de la ciudadanía social, porque ésta introdujo el estado de bienestar, lo que conocemos como Estado Social de Derecho. Es el Estado que introduce la plena participación de los ciudadanos en la decisión pública y también en la decisión de gente, del hombre o mujer común y corriente.

El estudio antropológico que han hecho los investigadores modernos sobre el papel de los latinos en Norteamerica destaca la capacidad de influencia de estas minorías en la cotidianidad de las grandes ciudades donde hay una alta población latina. Estos estudios permitieron acuñar el término de ciudadanía cultural para referirse al proceso mediante el cual un grupo se autodefine como tal expresando sus deseos, sus apetencias, su música y, en suma, su cultura. La ciudadanía cultural es la verdadera consolidación de una democracia que debe basarse en el respeto de la diferencia y de la inclusión de todas minorías étnicas, sociales, sexuales, religiosas y musicales.

Esa ciudadanía cultural rechaza la concepción neoliberal de ciudadanía en la medida en que el mercado no produce inclusión sino una profunda desigualdad material entre los seres humanos, porque el más fuerte es el que se impone mediante las reglas de juegos dictados por los mismos poderosos.

Quiero finalizar diciendo que esta Era está pariendo –para traspolar unas palabras de Silvio Rodríguez- una ciudadanía cultural, donde ha música juega un papel primordial en el autoreconocimiento de pertenecer a un grupo social o una membresía determinada.

Y para orgullo de todo salsero, debemos decir que esos pelaos de un barrio neoyorquino, hijos de inmigrantes de Cuba, Puerto Rico, República Dominicana, crearon un género llamado salsa, sincretización del aporte Caribe y Gringo. Ellos construyeron identidad cultural, la cual ha sido reconocida en todas las esferas de la sociedad norteamericana, menos en la esfera donde cohabitan Bush y los dueños de la Emro.

Si, la salsa nos une, como debe unirnos toda la música con sus diferencias y policromías de tonalidades y texturas vocales. La música es para construir una sociedad incluyente y diversa. Así como la salsa ha construido ciudadanía cultural en Norteamérica, también es necesario soñar en una sola nación compuesta por ciudadanos y ciudadanas libres y unidos como lo quería Bolívar, Petión y Piar. Una nación construida por la MUSICA CARIBE DONDE NO NECESITEMOS pasaporte ni visa y ni banderas, ya que la única bandera que nos une es la música. LA SALSA NOS UNE.

MUCHAS GRACIAS

Cartagena de Indias, 28 de julio 2006

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About Author

Lucio Torres, nació en Magangué se formó en Barranquilla. Pasó parte de su infancia en Cartagena, y retornó a esta ciudad en 2000. Siempre ha sido un emprendedor en las comunicaciones y, particularmente, en el periodismo. Cuando apenas iniciaba sus estudios en la Uniautónoma (1979) emprendió con Surcando el Espacio (Todelar Barranquilla). Luego trabajó en El Heraldo, Diario del Caribe, Radio Sutatentaza, Caracol, RCN y Olímpica. En Cartagena inició el proyecto Vox Populi en Todelar -2000.