CAYÓ CÁCERES



Por Edison Lucio Torres

La ley de Newton: todo lo que sube cae. Es lo normal. Pero no es lo mismo cuando las torres gemelas, símbolo del capitalismo salvaje, cayeron. El ó la que está arriba debe saber que algún día bajará, ya sea por el ascensor o por el precipicio. Cáceres cayó al precipicio: fue cazado por la Corte Suprema de Justicia.

Los miembros del CTI fueron benévolos con el senador y expresidente del senado Javier Cáceres Leal. Primero, no fue capturado en Cartagena para no tener el doble bochorno de ser trasladado espectacularmente a Bogotá. Segundo, no le pusieron las esposas. Pues, el delito que se le imputa es concierto para delinquir agravado y merecía que se las pusieran.

Desde el jueves el senador Cáceres no salía de su residencia en Cartagena. No atendió a nadie. Decían sus familiares y allegados que estaba enfermo del colon o de la próstata. El lunes todavía permanecía encerrado en su casa. Una fuente cercana a la investigación me hizo una llamada el lunes por la mañana a mi celular, y me dijo: “Doctor Lucio, muy pronto se conocerá noticia del senador”. Llegó el martes a su oficina. Él sospechaba que las cosas en la Corte Suprema de Justicia no eran buenas para su caso. A las 10:20 de la mañana del martes 14 de septiembre de 2010 llegaron los del CTI a su oficina del congreso. Su asistente, sorprendida y aturdida, los atendió. No había escapatoria, el cazador ya estaba cazado. No opuso resistencia. Sabía lo que le venía. Quizás lo esperaba casi que deprimido y resignado.

Por la noche, cuando ya salía del asombro del primer impacto de su captura, comenzó a tomar conciencia de la realidad: iba a ser enviado a la Picota donde juró que nunca iba a llegar. Según los médicos, los niveles de glicemia aumentaron estrepitosamente y debía ser internado con urgencia para evitar un coma diabético. Anoche durmió en la Clínica de la Cien de Bogotá. Pero una celda lo está esperando en la Picota para hacerle compañía a varios bolivarenses: Vicente Blel y Miguel Rangel.

Para algunos políticos les sorprendió la decisión de la sala penal de la Corte Suprema de Justicia. No había sorpresa. El alto tribunal tenía cerca de tres años con una investigación preliminar dirigida por uno de los magistrados auxiliares que ha sido el azote de los parapolíticos. En noviembre de de 2007 se le abrió una carpeta dentro del expediente especial No 26625.

Un año antes que le abrieran esa investigación, Cáceres me había denunciado por injuria y calumnia cuando hice un análisis de la parapolítica en Bolívar a través de Vox Populi de radio Vigía de Todelar. Fue un reto grande para mi vida profesional y para mi vida, porque desde el 26 de octubre de 2006 debía demostrar que yo tenía razón en mis análisis. Y proteger mi seguridad personal, era el otro reto.

Pero Cáceres creyó que con su argucia me iba a callar. No. No me calló. Y me dediqué a investigar más. Llegué a Bazurto y entrevisté off the record a varios pequeños comerciantes que de alguna manera fueron “invitados” a votar por Cáceres. Eran comerciantes que estaban siendo intimidados por los paramilitares que dominaban a Bazurto con la mirada complaciente de las autoridades locales. Y cuando hubo una disputa territorial en el mercado, la estela de muerte se hizo presente.

También encontré varias piezas del libro de contabilidad de Juancho Dique donde estaban relacionados los comerciantes y alcaldes que le “aportaban” dinero a su organización criminal. Muchos de esos comerciantes eran de Bazurto. Ese expediente se lo di a los investigadores de la Corte para que los constataran y escudriñaran.

Si la sala penal de la Corte Suprema de Justicia se demoró tres años para abrirle formalmente una investigación penal al cazador cazado era porque las pruebas no habían sido contrastadas por distintas fuentes. Y no solo eran pruebas testimoniales de los jefes paramilitares Mancuso, Juancho Dique, Ernesto Báez, Zambrano o Convivir. La Corte debió encontrar algo más que eso, la que puede ser la prueba reina contra el hombre que en sus debates en el congreso se ufanaba de hallarla siempre contra sus contradictores.

Cuando Jorge 40, el comandante paramilitar del Cesar, dijo que no iba a declarar sin antes resolver sus problemas con los Estados Unidos, la Corte decidió abrirle la investigación con lo que tenía, y era suficiente, al parecer. Cuando Jorge 40 quiso entrar a Bolívar, que era dominio de Mancuso, Diego Vecino y Juacho Dique, que estaban en la clandestinidad, y de otra parte de los empresarios Alfonso “el Turco” Ilsaca y Enilce López, uno de los primeros que contactó fue a Javier Cáceres Leal. Esto lo dijo Antonio Fierro ante un Fiscal de Justicia y Paz de Barranquilla.

El perfil criminal que la Corte Suprema de Justicia está construyendo del que hace un poco más de un mes fuera el presidente del congreso, no será difícil de hacerlo. Habrá que iniciar desde que comenzó a recorrer el país donde aprendió todo lo bueno y todo lo malo. El submundo del hombre de la calle que aprende a sobrevivir con la habilidad, la astucia y la viveza. Su perfil psicológico lo hace un hombre dicharachero o agradable en la conversación. Pero peligroso en la amistad. Taimado en la maldad y perversidad. Tira la piedra y esconde la mano. Juega siempre a dos cartas. Siempre tiene un plan “B”. Domina a su oponente con el miedo. Se hace aliado para escudriñar en las debilidades y temores de sus futuras víctimas. Si éstas no les cumplen en sus pretensiones, no tiene reparo para destruirlas. Sus víctimas se cuentan de mucho. Hay algunas bien conocidas, como su anterior aliado Joaco Berrío Villarreal. Y otras menos conocidas, como cualquier alcalde del norte de Bolívar.

Cáceres sabe acomodarse. Es un arribista, pero en el sentido más vulgar. Es el perfecto tránsfuga. Cambia de camiseta como si se tomara un vaso de agua. Cuando fue concejal de Cartagena, creó el partido del concejo. Quitaba y ponía coaliciones, según las necesidades del momento. Si el mandatario no aflojaba, recibía mucha madera y le ponía palos a la rueda. Pasó de cargarle el maletín a Álvaro Benedetti, representante a la Cámara que cayó con el proceso 8.000, a ser senador de la república y luego presidente del congreso. Fue el ejecutor de la maroma ideada desde palacio para aprobar la ley del referendo que permitía la reelección de Uribe.

Como presidente del congreso movió los hilos para afianzar su poder. Un poco antes se había ganado a Uribe, luego del frustrado debate del avión presidencial. Dominó al procurador general e influyó en el fiscal general. Con esos tres poderes hizo hasta para tirar a tiña. Tiene burocracia en la administración de Samuel Moreno, alcalde de Bogotá (y para más piedra, del Polo), como en cualquier municipio de Bolívar o del Atlántico. Sacó a patadas al gobernador titular de Bolívar para quedarse con la gobernación y sus contratos. Sus fuertes son Etesa y Etesita que para sus campañas electorales le dio la plática que le había negado la gatica. Pero no se puede quejar de la Superintendencia de Salud que 16, de los 30 agentes interventores que tiene en los servicios de salud territoriales, son de su grupo personal. Claudio Gómez, hermano de Irma Gómez (la alter ego del senador), al parecer, es su asesor ante la Super, ya que alguna vez sirvió de super agente especial en esa entidad.

Todos los que están cercanos a él, incluyendo a las mujeres, los utiliza para sus propósitos non sanctus. Si Javier Cáceres no se hubiese hecho político y su madre no lo hubiese mandado a un familiar, hubiese sido un ladronzuelo de barrio, es decir, de San Francisco.

Pero no todo es malo en Javier Cáceres. Su perfil psicológico también tiene su lado bueno. Es dadivoso, como todo buen cacique. Es servicial. Es detallista con sus mujeres.
Se acuerda del cumpleaños de sus más directos amigos. Ama a su madre. Ama a su hija. Es capaz de subir al cielo o bajar al infierno por ella. No tiene ningún empacho en gastarse $300 millones para celebrar el matrimonio de Luz Estela, y traer al Presidente de la República (Y el presidente Uribe estaba un poco enfermo) a esa celebración, cueste lo que le cueste. Hasta el presidente del Polo, Jaime Dussan, llegó. Cuando fue guía turístico y por primera vez coronó con el buque que se llamaba “Luz Estela”, en agradecimiento al dinero que recibió, le puso a su primogénita el nombre de la embarcación.

Ahora que cayó en desgracia (¿Y qué gracia tenía antes?) su cabeza debe estar pensando muchas cosas. Por ejemplo, “¿por qué yo, si soy un buen político?” Cuando la gélida celda de La Picota lo albergue, la depresión será mayor. Y se podrá preguntar mil veces “¿Para qué el poder?” “¿Quién se acostará en la cama que me costó una millonada?” “¿Quien acompañará a mi mujer?”. “¿Quién disfrutará de mis cosas materiales y mundanas?”. “¿Quienes negociarán con los del poder”. “¿Para qué tantas maromas si al final caí?”

Pero al flamante expresidente del congreso se le olvidó la humildad, que en su mayoría pierden los todopoderosos. El problema no es que el cocotero suba, sino el estallido cuando el coco cae. Cayó Cáceres y su poder se derrumbará como un castillo de naipes tarde o temprano. ¿Y qué dirán sus testaferros, ahora que aumentarán la pena de este delito a 12 años de cárcel? La ley de Newton también es válida para los todopoderosos.

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About Author

Lucio Torres, nació en Magangué se formó en Barranquilla. Pasó parte de su infancia en Cartagena, y retornó a esta ciudad en 2000. Siempre ha sido un emprendedor en las comunicaciones y, particularmente, en el periodismo. Cuando apenas iniciaba sus estudios en la Uniautónoma (1979) emprendió con Surcando el Espacio (Todelar Barranquilla). Luego trabajó en El Heraldo, Diario del Caribe, Radio Sutatentaza, Caracol, RCN y Olímpica. En Cartagena inició el proyecto Vox Populi en Todelar -2000.