LA PROHIBICIÓN DEL FANDANGO A LA CHAMPETA

Google+ Whatsapp

Por Edison Lucio Torres*
(Director de Vox Populi)

Dionisio Vélez y su cohorte de concejales

El prohibicionismo de las manifestaciones culturales, como el acuerdo del concejo de Cartagena de Indias que trata de atajar “la erotización temprana”, es una herencia infame de la tiranía colonial y de la hegemonía dominante de una sociedad pacata, puritana, hipócrita y decadente. Es una clara discriminación, por lo cual contemplo la posibilidad de denunciar penalmente a los concejales.

Dionisio Vélez y su cohorte de concejales

Alguien dijo que Cartagena de Indias es la ciudad más caribe de la Cuenca del Caribe. Y justamente aquí se dan todas las manifestaciones del mestizaje y de lo que García Canclini llama “culturas híbridas”. Pero también se da una larga historia de prohibicionismo de las expresiones culturales y artísticas populares antes y después de la independencia. Nos hace recordar cuando a los grupos vallenatos no los admitían en los clubes de la sociedad vallenata.

Ciertamente el baile de la champeta se ha considerado como un “baile plebe” como en los años 1770 a 1774 se consideraban los bundes y fandangos, por los cuales fueron reiteradamente prohibidos por los obispos de Cartagena en ese período, Gregorio Molleda y Cherque, y Manuel de Sosa y Betancourt, según la investigación de Adolfo González Henríquez.

Para finales del siglo XVIII solo se aceptaban valses y contradanzas en los salones de la alta sociedad cartagenera. Pero los caribeños les poníamos una picardía a la contradanza española hasta el punto que una mirada inquisidora le llamó a nuestra forma de bailarla “una poesía lasciva”.

Mientras las autoridades eclesiásticas prohibían el bunde y el fandango, algunos poetas criticaban soterradamente dicho prohibicionismo denunciado la hipocresía de las élites que le daban una interpretación plebe o lasciva:

“Y los que salen del bunde
Pasado un rato regresan
Pues muchas cosas que se hacen
Con la mayor inocencia
El malicioso severo
Con rigor las interpreta.” (Sinforoso Villa, 1823).

Como se puede observar, no es que los bailes sean lascivos y despierten la “erotización” sino que los espectadores puritanos e hipócritas le dan esa interpretación subjetiva, ya que su cultura dominante así se lo dictamina.

En la época de los carnavales y de la Fiesta de la Candelaria (dice el General Joaquín Posada Gutiérrez en sus Memorias Histórico-Políticas, 1826, citado por Hernández) las élites cartageneras se iban al pueblo más cercano, Pie de la Popa, a bailar contradanzas. En los alrededores de donde hoy funciona la iglesia La Ermita se construyó un gran salón de baile muy popular donde se alternaban tres grupos de danzas con su respectiva animación musical. El baile de primera compuesto por “mujeres blancas de Castilla” con su parejos “blancos”, cuyo baile era amenizado por la banda del Regimiento Fijo de Cartagena. El baile de segunda realizado por mujeres pardas y pardos de familias pudientes, amenizado por el Regimiento de Milicias Blancas. Y el baile de tercera clase integrado por “mujeres pardas y negras”, amenizado por las Milicias Pardas.

Sin embargo, fuera de los bailes de salones había una muchedumbre que se divertía con los antecesores del porro, la cumbia, la gaita, etc., alumbrada por las espermas de cebo, cuyas lagrimas producían un dolor placentero a las mestizas, indias y negras adornadas con sus vestidos alegres y flores en sus luengas cabelleras o pelo cuscú como “la arrebata macho”. Era el fandango que se imponía frente a las medidas prohibicionistas inquisitoriales, segregacionistas, clasistas y discriminatorias.

Al comienzo del siglo XX, el turno fue para el mapalé y la cumbia. Según la gestora cultural Gina Ruz, el concejo de Cartagena en 1921 aprobó el acuerdo No 13:

“Queda prohibido en la ciudad y en los corregimientos del Pie de la Popa, Manga, Espinal, Cabrero, Pekín, Quinta y Amador, el baile conocido con el nombre de cumbia o mapalé”.

En esa época, como hoy, se sigue considerando el mapalé como una expresión erótica y sexual africanizada entre el hombre y la mujer al son de los tambores yamaró y quitambre. Pero en realidad es una falacia cultural dicha interpretación reiteradamente repetida, incluso, por expertos del folclor. El mapalé representa la fantasía, la alegría del pescador que veía llena su canoa de peces. El mapalé (Prende la Vela) es una representación de los movimientos del pez cuando el pescador caribeño del río Magdalena lo sacaba de la atarraya y lo tiraba al vientre de la canoa, según la folcloróloga Carmen Meléndez. Si bien el mapalé lo seguimos bailando acá, la cumbia se convirtió en el género musical más representativo de Colombia, y patrimonio inmaterial de la humanidad.

Nadie puede negar que el espíritu del acuerdo del baile plebe –recordemos a Montesquieu- es prohibir la champeta y la “champeta choque” que se baila en los barrios populares de la región Caribe. Es una resistencia cultural de los jóvenes victimizados, segregados y marginados que no solo se conforman con los pases de la camita, la bicicleta, el caballito sino que también se dan el pase del tregolpe. Diferente son los productores y realizadores de la industria de la champeta que se enriquecen llenando de basura cultural a la juventud y atentando contra la dignidad de la mujer así como lo hacen los empresarios del reggaetón con sus letras tóxicas y una mediocre armonía musical con sus estribillos sexistas. A los concejales y a la alta sociedad no les escandaliza que los niños y niñas se mueran de hambre o los prostituyan un sector del turismo tóxico de la ciudad, pero le escandaliza la sensualidad inocente de los cuerpos.

Pudieron cambiarle el nombre al acuerdo. Pudieron adornarlo con expresiones cuasicientíficas. Pudieron justificarlo por el “embarazo en adolescente” y “la erotización temprana”, pero es un prohibicionismo segregacionista, clasista, puritano y discriminatorio que no conduce sino a la marginalidad de esa juventud. En materia de derechos humanos, es un atentado contra el libre desarrollo de la personalidad. Así como denuncié penalmente a Raimundo Angulo, el zar del Reinado Nacional de Belleza, por discriminación étnica, cultural y social, de la misma manera contemplo la posibilidad de hacerlo contra los 16 concejales que aprobaron dicho adefesio, encabezado por su presidente David Dáger, el autor del acuerdo Antonio Salim Guerra, y los ponentes César Pión González y Saray Aguas, y el presidente de la Comisión Tercera, David Múnera, del Polo. Lamento que algunos amigos se hayan metido en esta vacaloca. Pero la ley es la ley, duela a quien le duela.
______________
Edison Lucio Torres, director del informativo Vox Populi 101.6 FM y presidente de la fundación del mismo nombre. Web: luciotorres.co. Correo: voxpopulinoticiasya@gmail.com

Compartir.

About Author

Lucio Torres, nació en Magangué se formó en Barranquilla. Pasó parte de su infancia en Cartagena, y retornó a esta ciudad en 2000. Siempre ha sido un emprendedor en las comunicaciones y, particularmente, en el periodismo. Cuando apenas iniciaba sus estudios en la Uniautónoma (1979) emprendió con Surcando el Espacio (Todelar Barranquilla). Luego trabajó en El Heraldo, Diario del Caribe, Radio Sutatentaza, Caracol, RCN y Olímpica. En Cartagena inició el proyecto Vox Populi en Todelar -2000.