Funcionarias del Distrito, en la misma cama con sus enemigos (I): ¡Arinda se espelucó!

 

La violencia intrafamiliar es la antesala del femicidio. (Cortesía).

Marjorie y Arinda, son dos mujeres agraciadas de piel canela, que rondan entre los 33 y 35 años de edad, contratistas del Distrito de Cartagena de Indias, que entregaron su amor y durmieron en la misma cama con la persona equivocada; cuando despertaron, se dieron cuenta que habían dormido con un presunto psicópata social, convirtiéndose en parte de las estadísticas de las mujeres maltratadas y potenciales candidatas —que la Divina Providencia las proteja— de un femicidio (o feminicidio) inminente, si ellas, la sociedad y la justicia no adoptan la decisión correcta. ¿Y cuál es la decisión correcta?

Marjorie y Arinda, después de soportar el dolor y el maltrato físico y psicológico de su respectiva pareja o expareja, decidieron romper el silencio con valentía y ponerle el pecho a uno de los flagelos sociales que se vive en silencio en Colombia: La violencia de género, la violencia intrafamiliar y el feminicidio.

En el gobierno del alcalde Carlos Diaz Redondo (2001), con Vox Populi Corporación —entidad que presido— diseñamos y ejecutamos el componente comunicacional de una campaña de prevención de la violencia intrafamiliar y de género, lo cual implicó una inversión millonaria entregada por el Banco Interamericano de Desarrollo (BID) con el fin de dotar a las comisarías de familias de las herramientas necesarias para combatir este flagelo que se había convertido en un problema de salud pública.  La campaña “porque te quiero no te aporreo” tuvo un gran impacto para disminuir la violencia intrafamiliar y el maltrato infantil, puesto que en esa época, los lunes y martes las comisarias de familia se congestionaban de niños y mujeres golpeadas y laceradas por sus padres o maridos. Pero lo más importante que logró la campaña fue decirle a la ciudad de Cartagena que la violencia intrafamiliar no se podía tolerar.

Lo que pude observar en esas mujeres y niños maltratados fue el terror que sentían de sus agresores, terror que les paralizaban y silenciaban, y muchas veces se sentían culpable de esa misma violencia. Vi a mujeres conciliar con su verdugo, pero luego llegaban hasta infligirle la muerte. De esta manera el homicidio se convertía en un feminicidio, cuya connotación se refiere a la tolerancia social del crimen por la cultura patriarcal predominante en nuestra sociedad. En este sentido, el victimario es protegido por la cultura machista y por la impunidad, pero sobre todo, por el silencio de las víctimas y de sus familiares. Si bien es cierto que guardar silencio es un derecho de las víctimas, es la condición que el agresor necesita para repetir su conducta criminal. Y por esta razón propusimos la segunda parte de la estrategia que denominamos “Mujer, rompe el silencio”.

Arinda buscaba un protector

Con sus ojos encharcados y lagrimas que rodaban por sus mejillas, Arinda García Cantillo, psicóloga de profesión, contratista del Distrito de Cartagena y del ICBF, cuando me vio, lanzó un auxilio urgente y decidió contarme su triste historia:

“Mi ex esposo me va a matar, y la fiscalía no hace nada, me revictimiza, porque desde que presenté la denuncia el 7 de junio de 2017, ya me han hecho 4 entrevistas, y en este lapso el tipo me ha agredido cuatro veces, la primera vez me puso un revolver en la sien y la última vez, la fiscal 26 Daveiba Avila Olivares, me dice que debo presentar otra denuncia por lesiones personales.

Arinda, 33 años, muy joven (19 años de edad) salió del seno de su familia —de estrictas normas sociales y tradicionales— en busca de su libertad. Su padre ejerció un patriarcado a la vieja usanza, y, por alguna desavenencia familiar, incomprensión y falta de confianza hacia la hija, ésta quiso liberarse de ese fardo. El 20 de julio de 2005, apareció el que creyó el hombre de su vida, un policía, 14 años mayor que ella, de modales paternos, muy atento a sus deseos y, por fin, iba a ser libre al lado de él. ¡Zas! Muy pronto despertó de ese sueño ilusorio. Por estar buscando un protector, se encontró con un maltratador, un presunto psicópata social. Al respecto, en su ensayo Personalidades psicopáticas, Hugo Marietán, dice:

“Los psicópatas tienden a crear códigos propios de comportamiento, por lo cual solo sienten culpa al infringir sus propios reglamentos y no los códigos sociales comunes. Sin embargo, estas personas sí tienen conocimiento de los usos sociales, por lo que su comportamiento es adaptativo y pasa inadvertido para la mayoría de las personas.”

Un psicópata social puede ser nuestro compañero de trabajo o de estudio y tu no lo sabes, porque sabe adaptarse. Muchas veces es un encantador de serpientes. Es detallista con su “presa”. La consiente. “Adivina” y la sorprende con lo que le gusta. Si a ti te gusta el mango, él te puede sorprender con un mango Tommy. Es solícito. Y cuando ya la ha poseído y la tiene a su merced, la manipula, la controla y luego ejerce una violencia sutil, hasta llegar a la violencia psicológica y física. Primero le destruye su autoestima, la culpa de todo y hasta le puede hacer creer que es fea, que ningún hombre se puede fijar en ella. Y ya con el autoestima en el suelo, la pisotea, la controla al máximo, hasta convertirla en una esclava sexual. No en todas las víctimas funciona así, pero son signos de estar frente a un trastornado de personalidad.

Como Arinda era virgen, entregarse a su primer hombre no era cosa fácil. ¿Cómo consumar el matrimonio? Esa noche se entregó como si fuera a un sacrificio, y en realidad no se equivocó. Fue doloroso, una tortura china, y desde entonces irse a la cama con su protector dejaba de ser un acto de amor para ser una posesión violenta de su cuerpo. Se sentía usada como una cosa que poseían. No disfrutaba. ¡Ajá! pero las normas familiares y sociales le decían que debía cumplir con su deber de esposa y debía entregarse a su esposo, aunque no sintiera nada sino dolor.  Y el controlador le hizo creer que la culpable era ella, y se sometió a muchos tratamientos hormonales, hasta hacerla engordar. Como psicóloga, recientemente supo que la del problema no era ella !sino él!, su manipulador y victimario, puesto que su comportamiento machista hacen de la mujer una cosa que solo posee, y si la posesión es violenta, sus creencias machistas se afincan más.

Después de una larga jornada de trabajo y de una junta de negocios, llegué a la residencia de Arinda en compañía de mi hija Tere del Pilar, quien es una activista por los derechos de la mujer y contra la violencia de género. Me recibió su madre, y me dijo:

“Arinda ya viene. Espérela un minuto.”

La madre de Arinda, del mismo nombre, maestra pensionada, de corte tradicionalista, siente más terror que su propia hija. La noto nerviosa con nuestra presencia. No sabía del drama que vivía su única hija al lado del que creía el mejor marido, el mejor padre o el mejor yerno del mundo. Hace un año su esposo —padre de la protagonista de esta historia— murió por causa de una enfermedad catastrófica. Pero se vino a dar cuenta del drama que vivía su hija cuando fue golpeada salvajemente por su esposo. Resultado, ocho días de incapacidad. De acuerdo al documento que poseo (Rad. NoUBCTG-DSBL-02344-C-2018), fechado el 28 de marzo, la valoración psicosocial del Instituto de Medicina Legal de Cartagena, en la sección de hallazgos, dice:

“Arinda García Cantillo, se encuentra en un RIESGO EXTREMO, y teniendo en cuenta la cronocidad, la frecuencia y la intensidad de las agresiones físicas y verbales, se hace necesario tomar medidas urgentes en aras de proteger la vida de la usuaria teniendo en cuenta que en caso de reincidencia de actos como los investigados, existiría un RIESGO EXTREMO de sufrir lesiones muy graves o incluso la muerte.”

“Incluso la muerte…” Cuando leí ese informe de Medicina Legal, llamé de inmediato a Arinda, era media noche, y le dije que era urgente que le realizara la entrevista, porque su vida estaba en peligro. Por fin, definimos la fecha de la entrevista, a la hora que ella me dijera. Y así fue.

Esa noche al visitar a Arinda, sus dos hijas estaban dormidas y no se podían percatar del sufrimiento de su joven y bella madre, una historia personal, quizás intima, que iba a compartir con un desconocido el episodio más torturante de su vida, un desconocido que buscado como tabla de salvación de una inminente muerte. Un amigo le había dicho que si le contaba al periodista las autoridades tomarían las medidas de protección y harían justicia.

¿Estaría dispuesta a hablar abiertamente y sin reserva con este periodista? Me sorprendió, porque fue abierta y decidida cuando le hice esa pregunta. “Estoy dispuesta a hablar de frente y dar la cara”. Si, ¡estaba resuelta a todo! Quería mandarle un mensaje al agresor, a sus cómplices y a una autoridad negligente, indolente y prevaricadora, que teniendo las denuncias, las evidencias y pruebas de la violencia, se convierte en cómplice del victimario, y solo espera que se consuma el feminicidio para luego actuar o hacernos creer que actúa, como fue el caso de Jhor Jany Esquivel, asesinada por su expareja el pasado 4 de abril en el nororiente de Cali. Exactamente 12 días después del homicidio, su adolorida madre recibió la notificación para que se presentara ante la fiscalía para una entrevista criminal. Y a Arinda le han hecho ¡cuatro entrevistas! ¿Qué está esperando la fiscal 26 Daveiba Isabel Avila Olivares? ¿Que su agresor Morón Valenzuela la asesine? ¿Y después mandarle una citación para la quinta entrevista? ¿En el cielo? ¡No! Arinda debe vivir y no puede ser revictimizada por esta justicia indolente y, lo peor, por una mujer incapaz de captar el terror en los ojos de Arinda. A esta hora de la noche que escribo este párrafo, ¿dormirá tranquila la fiscal Daveiba? ¿Y qué dice su jefe inmediato, Francisco López Sierra? ¿Qué dice el fiscal general, Néstor Humberto Martínez Neira?

Pero Arinda ya no es la mujer sumisa, controlada, dominada y atemorizada. ¡Arinda despertó! ¡Arinda se espelucó! Está dispuesta al todo por el todo, a enfrentarse sola al mundo, si es preciso, que si la justicia no sirve, apelará a la sociedad para detener esa tortura de 12 años de matrimonio y más 10 meses de estar huyendo de la intimidación de su victimario. ¡Está cansada y dispuesta a enfrentar el miedo y a su verdugo! ¿Y si la matan en el intento? ¿Qué serán de sus dos hijas, frutos de esa posesión violenta?

“Si a mí ese tipo me mata y lo meten preso, ¿quién cuidará de mis hijas?”

Y Arinda comenzó a salpicar con sus lagrimas el vidrio del comedor de su casa. Eran lagrimas que disparaban un destello de luz de ese foco que alumbraba la estancia. Mi hija, al escuchar el relato, lloró como también lloró su madre, y mis ojos también se encharcaron.

Precisamente después de la muerte de su padre, Arinda decidió no seguir soportando más los maltratos de su esposo Giovanni Renato Morón Valenzuela, 47 años, primo hermano del legendario jugador cartagenero Jaime Morón.  Es un pensionado de la policía y escolta de políticos. Le sirvió en la seguridad personal de la concejal Angélica Hodeg Durango. Morón Valenzuela, al parecer, quedó cesante después que capturaron a su jefa en octubre pasado y solo vive de su pensión de ex policía.

En la entrevista criminal que la fiscal 26 le hizo, reconoció que tiene una pistola 9 milímetros, pero aclaró que tiene los documentos en regla. Si, la misma pistola que el pasado 28 de marzo el cañón se lo restregó en la sien, mientras le gritaba:

“Zorra, no me dejas ver a mis hijas. ¡Puta!

Mientras la golpeaba, le gritaba toda clase de improperios. Si, es la misma pistola que en cualquier momento el agresor podría utilizar para cegarle la vida a Arinda, la madre de sus dos hijas menores. Y Morón Valenzuela salió de la fiscalía como si no hubiese hecho nada criminal. Daveiba no solicitó su detención a ningún juez, porque pareciera que ni siquiera leyó el informe de Medicina Legal de Cartagena. Y ya van tres veces —según Arinda— que Morón la amenaza con su pistola. ¿Y que pasará si hay una cuarta vez? Daveiba Avila ya fue denunciada por la Veeduría (Vejuca) que dirige Erick Urueta por no atender un derecho de petición sobre una posible negligencia para investigar otro caso de violencia intrafamiliar.

Pero Arinda es una mujer que se ha dado cuenta que nadie le debe hacer daño, menos el padre de sus hijas. Hoy, se ha dado cuenta que es bella, que se merece ser feliz al lado de sus hijas, y por esta razón ha vencido el miedo que por 12 años soportó al lado del que creía su protector. Atrás quedaron esas noches donde lloraba su alma mientras su cuerpo era poseído por su agresor. Atrás quedó el silencio impuesto por su verdugo, mientra sus dos hijas dormían. ¡Arinda se espelucó!


Próxima entrega: Marjorie, la historia de una víctima de un presunto psicópata social, funcionario de la Universidad de Cartagena que aparenta ser el mejor padre del mundo, y una justicia indolente. Marjorie, funcionaria de Corvivienda, rompe el silencio en esta próxima crónica.

Puedes contarme tu historia: editormoreno@hotmail.com

Quiero dedicarle esta canción a las mujeres maltratadas y que ahora se espelucan:

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About Author

Lucio Torres, nació en Magangué se formó en Barranquilla. Pasó parte de su infancia en Cartagena, y retornó a esta ciudad en 2000. Siempre ha sido un emprendedor en las comunicaciones y, particularmente, en el periodismo. Cuando apenas iniciaba sus estudios en la Uniautónoma (1979) emprendió con Surcando el Espacio (Todelar Barranquilla). Luego trabajó en El Heraldo, Diario del Caribe, Radio Sutatentaza, Caracol, RCN y Olímpica. En Cartagena inició el proyecto Vox Populi en Todelar -2000.